sábado, 4 de mayo de 2013

EL SAGRADO MISTERIO DE LA COOPERACIÓN.




Vivir con otro es compartir una atmósfera de enseñanza

y de aprendizaje en la que se resuelve un misterio esencial de la vida.

Hay, como hemos visto, desacuerdos que se manifiestan en nuestro interior: una parte de mí rechaza mi aspecto vergonzoso, o mi aspecto temeroso, o mi aspecto ingenuo, o mi aspecto manipulador, o mi aspecto desvalorizado; y esto se expresa como cuando digo: “No me soporto” “Estoy enfadada conmigo misma” y demás. Esos desacuerdos no se eliminan por sometimiento o exclusión de la parte cuestionada, sino mediante una metamorfosis sólo posible a partir de la acción de una energía asistencial e instrumentadora. Un cambio de patrones internos que da nacimiento a un nuevo modelo de interacción, de auto-aceptación, de aprendizaje.

Lo mismo ocurre con los conflictos interpersonales. En la vida con otro no es el temor, el control, la ira, la agresión, la vergüenza, la descalificación, la intimidación o el ocultamiento lo que resuelve un desacuerdo. Las ideas generadoras de desavenencias pueden sintetizarse así:

- Hay algo que tienes y que yo desearía tener y no tengo –paciencia, libertad, coraje, amigos, empatía, sensibilidad, desprendimiento, seducción etc.

- Miras la vida de una manera diferente a la mía.

- Quieres algo distinto de lo que yo quiero.

- Actúas de una manera en la que yo no puedo hacerlo.

- No actúas como yo lo haría en tu lugar.

Estas frase son claras e ilustrativas, que cuando aparecen, conscientes o no, generan conflictos. La madre de todas es “Quiero que seas diferente de cómo eres”. En consecuencia, las actitudes pueden ser de control, para ver si puede conseguir de la persona eso que se quiere. Sustituir, ya que no haces las cosas que se esperan, hacerlas en su lugar. Amedrentar, a ver si con amenazas consigue cambiar a la persona. Manipular, para torcer deseos, actos o sentimientos. Culpabilizar, para que eso que no haces, ni sientes, ni pienses, le mortifiquen por lo que provoca en la otra persona.

Ninguna de estas reacciones resuelve un desacuerdo, ni genera aprendizaje, ni permite zanjar situaciones de un modo trascendente. Frente a este panorama, hay poderosas preguntas que armonizan y dan recursos:

1. ¿Cómo puedo desarrollar en mí aquello que veo en ti y que me atrae y valoro? ¿Qué necesito para ello?

2. ¿Cómo puedo ayudarte para que tengas de mí aquello que quiero o necesito que tengas?

Estos interrogantes, tienen una maravillosa cualidad organizadora, armonizadora e instrumentadora. Dan sentido, dirección, propósito. Permiten ver el vínculo desde un lugar que ya no es un campo de batalla donde uno está destinado a salir vencedor y el otro condenado a terminar derrotado.

La pareja puede ser a partir de esta idea, un espacio sanador. Como dice el pensador Sam Keen: “Puede ser el mejor hospital donde reponerse de antiguas heridas”. ¿Reponerse, sanar para qué? Para construir, para sembrar, para fecundar. Comprenderlo y vivirlo así cambia nuestros paradigmas. Vivimos en una cultura que nos ha contagiado con un virus fatal: los opuestos. Blanco o negro, bien o mal, hombre o mujer, cuerpo o mente, vida o muerte, ganar o perder, todo o nada, sexo o amor. Mientras veamos la existencia bajo ese prisma, estaremos sometidos a un juego de poder. El blanco es blanco y el negro es negro. Entre ellos hay una gama amplísima. En el juego de poder, tanto caiga la aguja hacia un lado o hacia el otro, lo más seguro sea que el resultado sea empobrecedor, que se haya llegado a él por exclusiones, supresiones, eliminaciones.

El virus de los opuestos distorsiona nuestra percepción de la vida y de los vínculos. Nos lleva a creer que, en una relación –en cualquiera, ya se trate de una pareja, de padres e hijos, de amigos, socios, compañeros de trabajo…-, es inevitable someterse a él y, por supuesto, tratar de ganarlo. El otro no es el compañero de una construcción, es el obstáculo que hay que vencer, el rival que hay que someter. Y eso mismo somos para él.

Carl Jung dijo: “Donde hay amor no hay poder, donde hay poder no hay amor”. El nuevo paradigma amoroso se funda en la idea de que vivir con otro no es convivir en un campo de batalla por el poder, sino en un espacio de siembra y construcción. El amor genera amor, cuanto más amorosamente nos tratemos los convivientes el uno al otro, más memoria, más energía, más reserva de amor generaremos.

Si compartimos esta visión, no habrá riesgos de que me devores si me entrego, no correrás peligro de que yo te someta para conseguirte. Si reconocemos la legitimidad de nuestras necesidades, podremos asistirnos de un modo transformador, porque, como dice Norberto Levy: “Todo ser vivo que recibe lo que necesita se transforma”.

Al vivir con otro, somos seres vivos que formamos una pareja viva. No nos hemos encontrado para protagonizar una lucha por sobrevivir. El sentido del encuentro es cooperar para vivir. Somos creadores y participantes de una ceremonia existencial durante la cual cada uno aprenderá a reconocer aquello de sí mismo que está presente en el otro y aquello del otro que hay en sí mismo. Entonces, únicos e incompletos, irremplazables y presentes, comprenderemos que vivir con otro es la oportunidad de experimentar el todo.

Ése es, en mi creencia, el gran aprendizaje que hay que realizar, el maravilloso misterio existencial que hay que resolver.




“Yo soy yo, Tú eres Tú 

Tú haces lo Tuyo, Yo hago lo Mío 

Yo no vine a este mundo para vivir 

De acuerdo a tus expectativas 

Tú no viniste a este mundo para vivir 

De acuerdo con mis expectativas 

Yo hago mi vida, 

Tú haces la tuya 

Si coincidimos, será maravilloso

Si no, no hay nada que hacer.”



Fritz S. PerlsL (1893-1970)



Autora:

Arantza Larraza.

Vivir con otro no significa sufrir con otro.



Según un viejo refrán, es mejor estar solo que mal acompañado. No todos los refranes son sabios. Algunos son sólo ingeniosos, otros contradictorios y hasta hay ciertos dichos verdaderamente temibles – por ejemplo: “el pueblo nunca se equivoca.” “Mejor solo que mal acompañado es, a mi juicio, un refrán sabio, que ha sido desvirtuado hasta el punto en el que hoy muchas personas lo convierten, a través de sus actitudes y decisiones, en “mejor mal acompañado que solo”. Por lo que observo, escucho y percibo, hay pocas fuentes tan poderosas de sufrimiento como un vínculo

inadecuado y disfuncional. Durante sucesivas generaciones, ese tipo de lazos se sufrió sin conciencia o sin derecho –interno y externo- a manifestar el dolor, el resentimiento, la postergación, la ira o, finalmente, la infelicidad que causaba. “Hasta que la muerte nos separe”, rezaba la faja de seguridad que impedía cuestionar una relación, su dinámica, su existencia.

Esto era el fruto lógico de una ideología según la cual la razón última de una pareja no era la realización amorosa de sus integrantes, sino el cumplimiento con cierta formalidad que protegiera otros objetivos y mandatos, como mantener el orden social, asegurar el destino de los patrimonios familiares y garantizar la descendencia y continuidad de la especie. De amor, claro está, ni hablar. Y de elegir, todavía menos.

En este contexto, el amor era un ideal a menudo subversivo. Cuando se filtraba, alteraba el orden y provocaba tragedias. La imposibilidad del amor, sus obstáculos, se fueron convirtiendo en valores. Por una parte se creó la idea de que, sólo avalado por la imposibilidad y el sufrimiento, un amor era verdadero y grande; por otro lado, un amor de ese tipo tenía siempre un precio que pagar. Así, el engranado funcionamiento de un sistema de valores, convirtió el encuentro amoroso, el amor como savia de los vínculos, en una lejana y, con frecuencia, dolorosa utopía.

Este paradigma echó raíces en la conciencia colectiva hasta tal punto que todavía hoy se considera vigente. Hay una cantidad de hombres y mujeres empecinados en la consagración de un ideal amoroso a través de la pareja inadecuada. Sufren maltratos físicos o emocionales, menosprecios, desvalorizaciones, son ignorados, desatendidos, ridiculizados y, aun así, persisten. Están convencidos de que el otro/la otra va a cambiar, y que un día despertará y será la persona que, con sus actos, palabras, gestos, pensamientos y actitudes, los hará felices tal y como sueñan. O, saben que su esperanza es inútil, pero, de todas las maneras, no se conciben a sí mismos sin esa amplía e ilumina el mundo, se convierte en una especie de monocultivo pobre y oscuro.

En un tiempo que se supone distinto al de nuestros padres y abuelos, en épocas de una muy valorizada libertad interior y personal, nos encontramos con personas prisioneras de una concepción precaria del amor. Hay una confusión en ellas entre el amor como fin, y el medio a través del cual concretar dicho fin. De esta manera, lo que empieza siendo una búsqueda de la felicidad termina en el encuentro de la infelicidad. Hay quienes lo llaman karma, destino o enfermedad. Es una forma precaria e infructuosa de alcanzar un objetivo noble: el de amar y ser amado. Y los conceptos antes mencionados logran, en este caso, hacer olvidar ese objetivo, valorizarlo o descalificarlo. Es un modo de anular el amor, como en generaciones precedentes, aunque esta vez en nombre de él mismo. Mi necesidad válida de amar y ser amado me lleva a estar con alguien en quien no puedo sembrar amor y de quien no lo recibo.

Cuando las diferencias antagónicas o incompatibles son las que predominan en la pareja, lo más inteligente, antes que persistir en unir lo que no se une, es buscar un modo resolutivo de separarse. Disolver el vínculo de tal manera que cada ex-integrante quede de frente a su propia búsqueda, a su camino, sin olvidar, que hay muchos caminos. Esto es mejor que, quedar anclado en resentimientos, en reproches amontonados hacia aquella persona que no pudo, no supo o no quiso ser el que debía ser para que las cuentas amorosas cuadraran.

Aunque cueste aceptarlo, no hay una persona que le destruye los sueños o le roba e tiempo o le hace perder los mejores años de su vida a otra. Pero lo cierto es que los acuerdos o los desacuerdos se forjan con otro. El que acusa de ladrón, de destructor o de arruinador, acaso necesite preguntarse qué hacía él/ella mientras tanto. ¿No estaba allí? Esto no es para flagelarse, sino para convertirlo en una experiencia de aprendizaje y de transformación futura. “Mejor bien acompañado que solo en compañía”.

El transcurso de separarse, con lo que tiene de doloroso, puede ser un proceso de potenciación y preparación de recursos emocionales y existenciales, para encarar mejor asentado y centrado los próximos pasos de la vida.

Si se puede resolver con este espíritu, una separación acaso brinde a dos personas que no pudieron encontrar el modo de estar juntas, la reparadora oportunidad de ser cooperativos en la despedida. Cada uno puede ayudar al otro a internarse en un camino de recuperación y de reencuentro consigo, de reorientación en sus objetivos vitales.

Ayudarse en la despedida –en vez de provocar en el otro/a heridas póstumas o de dañarlo para que nunca se olvide de mí-, actuar desinteresadamente en un proceso compartido es, también, un acto de amor. Quizás el único, o el último, posible entre esas dos personas.




Autora:

Arantza Larraza.