viernes, 13 de febrero de 2009

Neuroteología y el gen de Dios

¿Hay genes para creer en Dios? ¿Actúan tales genes en el cerebro permitiéndole al ser humano creer en la divinidad y en una vida después de la muerte? ¿Tiene sentido la nueva neuroteología? Estas son las cuestiones que plantea el libro El gen de Dios, del famoso genetista norteamericano, Dean Hamer, que ha sido recientemente traducido al castellano por la editorial La esfera de los libros. Hace ya algunos años, ciertos biólogos evolucionistas manifestaron que la creencia religiosa es la expresión de un instinto humano universal: que en el mapa del genoma habría unos genes de la espiritualidad para creer en Dios o para ser religioso. E. O. Wilson (1999) afirmó que la moralidad es la expresión codificada de nuestros instintos, y que lo que es correcto se deriva en realidad de lo que acontece de forma natural. Esto conduciría a la conclusión de que la creencia en Dios, por ser algo natural en el ser humano, sería por tanto correcta. Incluso algún neurocientífico afirma haber descubierto un módulo nervioso especializado en los lóbulos temporales del cerebro humano que es más grande o, cuanto menos, más activo en las personas religiosas que en aquellas otras no creyentes. También se ha dicho que la religiosidad acentuada o fanática es una característica de algunos tipos de epilepsia lobotemporal. ¿Crean las conexiones cerebrales la idea de Dios o fue Dios quien creó dichas conexiones para que pudiéramos comunicarnos con él? La neuroteología, o el estudio de la neurobiología de la religión, busca las bases biológicas de la espiritualidad humana. Se trata de una nueva disciplina que analiza la manera en que las prácticas religiosas pueden actuar sobre los lóbulos frontales del cerebro, conmoviendo a los creyentes e inspirándoles optimismo y creatividad. Su objeto de estudio es descubrir las bases neurológicas de las experiencias espirituales, es decir, de aquello que ocurre en el cerebro cuando se siente que se ha descubierto una realidad diferente, en una forma trascendente más elevada que las experiencias cotidianas. Los neurólogos y psicólogos tratan de averiguar qué regiones cerebrales se activan o desactivan cuando el creyente ora, canta o participa de un culto estimulante. Al parecer, las experiencias espirituales en las diferentes culturas y religiones son tan parecidas y uniformes que conducen a la conclusión de que existe una esencia común, que probablemente sea una manifestación de estructuras y procesos concretos en el cerebro humano. ¿Quiere esto decir que Dios es una ilusión del cerebro? El hecho de que una experiencia religiosa, como la oración personal o la meditación, tenga una correlación neuronal no significa que tal experiencia exista solamente en el cerebro, o que se trate de pura ficción de la actividad cerebral sin una realidad independiente. Por ejemplo, el simple olor de una tarta de manzana que llegara a la pituitaria de nuestra nariz y al cerebro, podría despertar en el área olfativa el olor de la fruta y la canela. En la corteza somatosensorial se apreciaría incluso la suavidad de la masa en la lengua. La corteza visual observaría una tarta imaginaria y las cortezas de asociación recordarían momentos agradables de la infancia asociados a este postre. Si un neurólogo analizara nuestro cerebro en esos momentos, descubriría todas esas sensaciones neuronales. Sin embargo, tal análisis no negaría la realidad de la tarta. Pues, de la misma manera, el hecho de que ciertas experiencias espirituales como la oración, puedan ser relacionadas con una determinada actividad cerebral, no significa necesariamente que esas experiencias sean simples ilusiones del cerebro. No obstante, por mucha investigación que se realice en este sentido, nunca se podrá determinar si los cambios asociados a experiencias espirituales significan que el cerebro es el causante de tales experiencias o si, por el contrario, está percibiendo una realidad trascendente espiritual. La ciencia humana no puede demostrar la existencia de Dios. Sin embargo, una cosa está clara: el cerebro de las personas, a diferencia del de los animales, está dotado de propiedades neuronales singulares que le permiten la espiritualidad y el desarrollo de su fe en Dios. Sea como sea, no parece que la neuroteología tenga algo que ver con la teología. En realidad, es una nueva disciplina que habla de los últimos descubrimientos en los circuitos neuronales del cerebro, pero que nos dice muy poco acerca de Dios. Uno de sus principales errores es la confusión entre las experiencias espirituales o sensaciones concretas y la fe en el Dios Creador. Al confundir espiritualidad con religión se pierde de vista que hacer la voluntad de Dios significa mucho más que orar, meditar o tener una experiencia mística. Para descubrir a Jesucristo en el pobre, el enfermo o el menospreciado por la sociedad, no hace falta acudir a los circuitos del cerebro. La verdadera religión no es la del éxtasis místico sino la del amor al prójimo. En la fe cristiana, la práctica de este amor tiene siempre prioridad sobre las experiencias individuales de carácter espiritual. La ciencia no puede ocuparse de lo inmaterial. Como mucho es capaz de relacionar determinadas conductas con cierta actividad del cerebro. Por eso cuando se afirma, como hacen ciertos neurobiólogos, que dicho órgano encefálico es la única fuente de nuestras experiencias, o que las neuronas han creado a Dios, se practica un reduccionismo equivocado que nada tiene que ver con el verdadero espíritu de la ciencia. Además de los genes y las neuronas, hay otros factores que influyen también sobre las personas, como son la voluntad, el medio ambiente, la educación, la cultura, por no hablar del poder de la gracia divina. Si los genes son capaces de afectar la conducta y ésta puede afectar a los genes, entonces hay una influencia total. No existe un único gen de la fe como tampoco existe un gen de la libertad. Hay, sin embargo, algo mucho más importante: toda nuestra naturaleza humana, predestinada inflexiblemente en nuestros genes por el Creador y, a la vez, exclusiva de cada uno de nosotros. Se trata del propio yo. Nuestra conducta depende de él, como también nuestras creencias y valores. Pero también esa conducta puede influir sobre nuestro genoma. Por eso somos libres y responsables delante del Creador. El hombre fue creado por Dios y su corazón estará inquieto mientras no descanse en él.
Site Web
http://www.protestantedigital.com

La religión y el cerebro

Interesante articulo que habla de la investigación del Dr. Austin en el campo de las neurociencias en relación al Zen. Me gusta la frase “Ciertos circuitos cerebrales deben ser interrumpidos”.El Dr. James Austin, un neurólogo, cree que para sentir que el tiempo, miedo y auto-conciencia se han disuelto y realmente tener una experiencia mística y espiritual, ciertos circuitos cerebrales deben ser interrumpidos. ¿Cuáles? La actividad en la amígdala, que monitorea al ambiente y registra el miedo, debe ser reprimida. Los circuitos del lóbulo parietal, que nos orientan en el espacio y marcan la clara distinción entre lo propio y el mundo, deben ser silentes. Los circuitos frontales y temporales, que marcan el tiempo y generan autoconciencia, deben apagarse. Cuando esto ocurre, Austin concluye en un trabajo reciente, “lo que consideramos como nuestras funciones superiores de autoconciencia parecen disolverse o delesionarse de la conciencia”. Cuando desarrolló sus teorías en 1998, el libro “El Zen y el Cerebro”fue publicado por MIT Press.
Desde entonces, más y más científicos se han dedicado a la “neuroteología”, el estudio de la neurobiología de la religión y la espiritualidad. El año pasado la Asociación Norteamericana de Psicología publicó “Variedades de la Experiencia Anómala”, que cubría enigmas desde experiencias al borde de la muerte hasta experiencias místicas. En mayo, se publicó el libro “La Religión en la Mente” que abarca el tema de como las experiencias religiosas actúan sobre los lóbulos frontales para inspirar optimismo y hasta creatividad. Y en el libro “Porque Dios no se va”, publicado por el Dr. Andrew Newberg de la Universidad de Pennsylvania y su colaborador Eugene d’Aquili, utilizan imágenes cerebrales que obtuvieron de Budistas Tibetanos perdidos en la meditación y de monjas Franciscanas durante el rezo profundo para lograr identificar cuál es el circuito espiritual cerebral y para explicar como los rituales religiosos tienen el poder de movilizar a los creyentes y no creyentes por igual.Fuera del tiempo y espacio
Lo que todas las nuevas investigaciones comparten es una pasión por descubrir las bases neurológicas de las experiencias místicas y espirituales.
En la neuroteología, los neurólogos y psicólogos intentan descubrir que regiones se activan y desactivan durante la experiencia que parece existir fuera del espacio y tiempo. De esta forma se diferencia de las investigaciones rudimentarias que se realizaron durante la década del cincuenta y sesenta que determinaron que las ondas cerebrales cambiaban cuando uno meditaba. Pero esas investigaciones no decían nada acerca de porque cambiaban las ondas cerebrales o que regiones específicas del cerebro eran las responsables de ese cambio. Por otro lado, las investigaciones recientes se basan en tratar de identificar los circuitos cerebrales que tienen mayor actividad durante la experiencia.
Estudiando el flujo de sangre que se correlaciona con la actividad neuronal mediante un SPECT ( tomografía computada de emisión de un único fotón), Newberg estudió al Dr. Michael Baime durante sus experiencias místicas.
Como se esperaba, la corteza prefrontal se iluminó. Pero fue el cese de actividad lo que sorprendió. Un grupo de neuronas en el lóbulo parietal superior se apagó. Esta región, que tiene el nombre de “área de asociación y orientación”, procesa la información acerca del tiempo y espacio. Determina donde el cuerpo termina y el resto del mundo comienza. Específicamente, el área de orientación izquierda crea la sensación del espacio físico donde existe el cuerpo.El yo y el resto
El área de orientación requiere información sensorial para realizar sus cálculos. “Si se bloquea la información sensorial a esta región, como se hace durante la intensa concentración al meditar, uno evita que el cerebro produzca la distinción entre el yo y el resto”, dice Newberg. Sin la información de los sentidos, el área de la orientación izquierda no encuentra la frontera entre el yo y el resto del mundo. Como resultado, el cerebro parece no tener opción y “percibe al yo como interminable e íntimamente interconectado con todo,”escriben Newberg y d’Aquili en su libro. El área de orientación derecha, también privada de información sensorial parece permanecer en una sensación de espacio infinito. Los meditadores sienten que han tocado al infinito.
La experiencia espiritual
No es sorprendente que la experiencia religiosa se refleje en la actividad cerebral. Todo lo que experimentamos deja su marca en el cerebro. Lo difícil es que “no hay manera de determinar si los cambios neurológicos asociados con la experiencia espiritual significan que el cerebro está causando esas experiencias…. o si en vez esta percibiendo una realidad espiritual”.Produciendo visiones
Cuando la imagen de una cruz, por ejemplo, dispara una sensación de admiración religiosa, se debe a que el área cerebral de asociación visual, que interpreta lo que ven los ojos y conecta las imágenes con las emociones y memorias, ha aprendido a vincular esas imágenes con esos sentimientos. Las visiones que surgen durante el rezo o ritual también son generadas en el área de asociación: la estimulación eléctrica del lóbulo temporal produce visiones.
La epilepsia del lóbulo temporal lleva esto a un extremo. Aunque algunos estudios han negado una conexión entre la epilepsia del lóbulo temporal con la religiosidad, otros creen que la condición parece llevar a voces y visiones religiosas.
Aunque la epilepsia del lóbulo temporal es rara, los investigadores sospechan que los estallidos de actividad eléctrica localizados llamados pueden llevar a experiencias místicas. Para probar esta idea, Michael Persinger sostiene un casco lleno de electroimanes sobre la cabeza de un voluntario. El casco crea un campo magnético débil, no mayor al producido por un monitor de computadora. Persinger descubre que el campo dispara estallidos de actividad eléctrica en los lóbulos temporales produciendo sensaciones que los voluntarios describen como supernaturales o espirituales: una sensación de lo divino. Él sospecha que las experiencias religiosas son producidas por mini tormentas eléctricas en los lóbulos temporales, y que tales tormentas pueden ser producidas por la ansiedad, crisis personales, falta de oxígeno, baja glucosa en sangre o simple fatiga. Pero, porqué los lóbulos temporales? Persinger especula que el lóbulo temporal izquierdo mantiene nuestro sentido de lo propio. Cuando la región es estimulada pero la derecha no, la izquierda lo interpreta como la sensación de presencia, como al yo dejando el cuerpo, o como Dios.
“Existe una correlación entre la gente cuyos pensamientos inconscientes tienden a pasar a la conciencia y las experiencias espirituales”, dice Michael Thalbourne de la Universidad de Adelaide. Desafortunadamente, los científicos no saben que es lo que permite que los pensamientos inconscientes aparezcan en la conciencia de algunas personas y no otras. El único predictor de tales experiencias, sin embargo, es algo llamado “disociación”. En este estado, diferentes regiones cerebrales se disocian de otras. “Esta teoría, que explica a la hipnosis tan bien, podría también explicar a los estados místicos,”dice Michael Shermer, director de Skeptics Society. “Algo parece estar sucediendo en el cerebro, donde un módulo se disocia del resto de la corteza.”La base neuronal de la experiencia religiosa
Esa disociación puede reflejar la actividad eléctrico inusual en algunas regiones cerebrales. En 1997, el neurólogo Vilayanur Ramachandran le dijo a los participantes de la reunión anual de la Sociedad de Neurociencias que existe “una base neuronal para la experiencia religiosa.” Sus resultados preliminares sugirieron que la profundidad del sentimiento religioso, o religiosidad, podría depender de la remarcada actividad eléctrica natural en los lóbulos temporales. Interesantemente, esta región cerebral parece importante para la percepción del lenguaje. Una experiencia común a muchos estados espirituales es escuchar la voz de Dios. Parece surgir cuando malinterpretamos el lenguaje interno con algo externo. Durante tales experiencias, el área de Broca del cerebro (responsable de la producción del habla) se enciende. La mayoría de nosotros podemos reconocer que es nuestra propia voz, pero cuando la información sensorial esta restringida, como ocurre durante la meditación, la gente es “más propensa a atribuir los pensamientos generados internamente a una fuente externa,”dice el psicólogo Richard Bentall de la Universidad de Manchester, Inglaterra.
Hasta la gente que se auto describe como no espiritual puede ser movida por ceremonias religiosas. De ahí el poder del ritual. La clave es la combinación entre la atención localizada, que excluye otros estímulos sensoriales, junto con la sensación emocional magnificada. Juntas, parecen aumentar la actividad del sistema de excitación del cerebro. Cuando esto sucede, explica Newberg, una de las estructuras cerebrales responsable de mantener el equilibrio, el hipocampo, pisa el freno. Esto inhibe el flujo de señales entre neuronas.Suavizando las fronteras del yo
El resultado es que ciertas regiones del cerebro son privadas de la información neuronal. Una de esas regiones parece ser el área de la orientación, la misma región que es silente durante la meditación. Como en esos estados, sin la información sensorial el área de orientación no puede cumplir su función de mantener un sentido de donde termina lo propio y empieza el mundo exterior. Por eso los rituales pueden desencadenar lo que Newberg llama “suavización de las fronteras del yo”.
Es posible que los científicos nunca resuelvan la pregunta más importante de todas: si nuestros circuitos cerebrales crearon a Dios o si Dios creó nuestros circuitos cerebrales. Cualquiera que uno crea es, finalmente, una cuestión de fe.
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